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jueves, 12 de noviembre de 2009

El Amor auténtico.

A menudo confundimos el amor auténtico, aquel que nos permite ser libres y aceptar al otro tal y como es, con el amor romántico o emocional, un querer idealizado que suele crear dependencia y sufrimiento. En cambio, el amor auténtico solo nos enriquece.

Abrirse al amor es abrirse a la energía más poderosa del universo, una energía sanadora y transformadora que cohesiona y une.
Cuando nuestro corazón se ha sentido herido, manipulado, engañado o atrapado, el amor deja de fluir libremente. Queda sumido en la negatividad; se vuelve cínico, desconfiado y vive con una actitud defensiva.
Deja de realizar sus sueños tomándose gris.

El corazón emocional experimenta un vaivén constante de emociones, que van de la pasión al desencanto, del calor al frío. Se deja llevar por impulsos descontrolados que acallan la razón y la inteligencia. Está dominado por hábitos asentados en el deseo y las carencias. Necesita protección y estímulos externos. Es un corazón rojo que se enciende como el fuego, y que al acercarnos puede quemar.

El corazón romántico, el rosa, sueña con la pareja perfecta, que supuestamente satisfará todas sus necesidades. El que posee un corazón de este tipo cambia de relaciones a menudo, ya que sus expectativas nunca se cumplen, y sufre continuamente.

Hacia un corazón de ángel.
Para vivir el amor en libertad hemos de reencontrar el corazón del ángel que todos tenemos, el corazón de luz, el que está unido al alma. Se trata de un corazón tan profundo que no se altera. El cuerpo cambia, la inteligencia varía y la fuerza se debilita, pero los sentimientos puros permanecen.
Para pasar de un corazón gris, rojo o rosa a un corazón de luz hemos de vivir en la verdad del amor y no en sus mitos.

El primero de estos falsos mitos defiende que el amor viene de fuera, cuando en realidad brota de dentro, fluye cuando lo compartimos.

La segunda creencia errónea sostiene que precisamos obtener amor, cuando, en realidad, lo que necesitamos es darlo.

El tercer mito asocia el amor al apego y a la dependencia, lo que nos conduce a la preocupación y al sufrimiento. En el verdadero amor nos sentimos libres y aceptamos al otro tal y como es. No nos preocupamos sino que nos ocupamos y confiamos.

Aprendamos el arte de amar, de ser libres y de dejar ser. El amor puro es incondicional, sanador, fluye libremente y nunca hiere. Para alcanzar este estado en una relación se requiere una gran sabiduría. La mayoría de las personas se aman y se atan. Cuando se pierde la libertad, la felicidad se aleja y sobreviene el malestar.

Para liberarnos de la tendencia a depender de los demás, debemos tener un corazón fuerte, capaz de renunciar al egoísmo; un corazón que no tenga nada que esconder y que, por consiguiente, deje la mente libre y sin ningún temor; un corazón que esté siempre dispuesto a aceptar nueva información y a cambiar de opinión, que no se aferre a creencias cerradas, a datos obsoletos.

Artículo creado en base a las enseñanzas de Miriam Subirana.

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Cerebro o corazón?

Por un lado sabemos que la vida sin el calor y la espontaneidad de los impulsos y sentimientos, no vale la pena de ser vivida. Aquello que nos brota espontáneamente buscando el placer y la diversión, responde al impulso del niño libre que todos tenemos en nuestro interior. De él procede la fuerza, la vitalidad, la creatividad y el placer incomparable que nos produce el simple permiso de ser tal como somos. Este permiso nos vuelve espontáneos, entusiastas, exploradores sin barreras ni condicionamientos.

Pero si entregamos nuestra vida solo a este niño, ésta se convierte en un capricho sin sentido. Y entonces empezamos a discriminar aquello que puedo hacer de aquello que me permito hacer, construimos nuestros valores firmes y nuestras creencias, adoptando por el camino juicios, culpas y otras tendencias que nos conducen al malestar.

Queda claro que nuestra vida no puede regirse solamente por nuestras emociones e impulsos, de la misma manera que tampoco podemos atender únicamente a nuestras creencias y valores, sin tener en cuenta cómo estos nos hacen sentir… y es aquí donde se genera un conflicto interno.
Ya que el dominio exclusivo de una de estas facetas de nuestra persona nos condena a la impotencia y no hay logros si una de ellas toma el timón.

Y mientras unos aconsejan buscar un equilibrio, otros dicen que el promedio entre ambas posiciones es una solución “tonta”, ya que la línea es tan estrecha que siempre o no llegamos, o nos pasamos.

Te ha pasado alguna vez, que te levantas por la mañana y te preguntes a ti mismo: “¿Cómo estas hoy?”
- Bien - dice tu cerebro, mientras sientes un pinchazo en el pecho..
- ¿Seguro? Porque yo estoy fatal - dice el corazón.
Vaya, empezamos el día y comienza la “guerra”… buscas la solución y un equilibrio entre tu cerebro y el corazón: los dos tienen sus diferencias y sus razones; quizás si en algunos momentos ceda uno y en otros otro, uno mismo podría estar en paz”. Pero en poco tiempo te das cuenta, que vuelves a estar en un conflicto entre ambos y pierdes el timón de tu propia existencia.

La solución sería tomar la distancia, no dejarse llevar por ninguno de los dos, sino dirigir nosotros nuestros pensamientos y sentimientos. Nosotros tenemos la capacidad suficiente para escoger que pensar y que sentir en cada momento y como responder en cada situación es nuestra fuerza y libertad.
Es desarrollar nuestra firmeza interior, nuestra auténtica capacidad, aprender a responder honestamente ¿ Qué quiero para mí realmente?
Es ser capaces de hacer, en cada momento y ante cada situación que la vida nos plantea, un balance que nos descubra nuestra verdadera riqueza o pobreza circunstancial y, con lo que sea que tengamos entonces, podemos ser más libres y, por su puesto, más felices.

“La mente y el corazón son nuestros receptáculos sagrados: albergan la creación de pensamientos y sentimientos. Cuando estos pensamientos y sentimientos se gestan desde la autenticidad del ser, la fuerza interna se transmite a todos nuestros actos y relaciones.” Miriam Subirana.

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